Conozco un cuento que me gusta más cada que lo vuelvo a leer y que para mí es todo un clásico de la literatura femenina suramericana (aunque alguien dijo por ahí que la literatura no tiene sexo. Como los ángeles. Supongo que igualmente no tiene nacionalidad. También como los ángeles).
Se llama (el cuento) así: "El árbol" y su autora es Maria Luisa Bombal, chilena.
Si no fuera tan largo lo incluiría aquí. Pero lo pueden encontrar en Google. Doy fe.
Este recuerdo literario toma por asalto mi memoria y me sorprende sentada en una silla en la finca donde acabo de pasar una semanita de vacaciones. Llega evocado por el ruido de fondo de las hojas de los eucaliptos temblando al paso de los vientos de Agosto por entre sus ramas.


Y recuerdo otros árboles, en otros lugares.
Los sauces llorones, por ejemplo, (si los hay en Colombia hasta ahora no los he visto) en un cementerio de Boudy de Beauregard, un pueblecito de Lot-et-Garonne, sudoeste de Francia.
La tarde que caía, el silencio sepulcral (nunca mejor dicho) del sitio, el viento que agitaba las ramas y yo, sola en una banca, gozándome el espectáculo ante la incompresión total de todos mis familiares políticos, que encontraban bastante lúgubre y macabra esa diversión.
Igualmente recuerdo las altas palmeras en Santa Marta, en una playa caribeña del Parque Tayrona, una de las reservas naturales y ecológicas más hermosas del planeta. Y por supuesto, de Colombia.
Pero el arbusto que perfuma los recuerdos de mi adolescencia y los llena de nostalgia, es uno de jazmín. Estaba afuera de la casa de mi abuela en el pueblo donde ella vivió toda su vida. Permanecía lleno de racimos de flores blancas que en el día no olían pero a las 6 de la tarde (no tengo ninguna explicación para el fenómeno) empezaba a esparcir su aroma por toda la casa. A algunos no les gustaba porque "olía a muerto" y es cierto: con jazmines y otras flores escandalosamente olorosas hacen las coronas funerarias acá. La muerte tiene olor propio. Y a veces es floral.
En Bélgica mi delirio fueron los árboles, todos, en otoño, mi estación favorita. Arboles pintados por la Naturaleza con pinceladas de marrón, amarillo mostaza y algún tono rojizo. Me encanta, además, el crujido de las hojas secas cuando las piso.
Ahora, en este sitio donde me alivio de los agobiantes calores de un verano tropical y de los fastidiosos ruidos urbanos, mis favoritos son los eucaliptos. Altos, muy altos, tocando casi las nubes.
Nuestra casa de campo familiar está situada en algún lugar de clima templado, a orillas de la ruta panamericana que de Cali conduce a Popayán y se pierde luego en dirección al sur del continente. Hasta Buenos Aires, creo.
En el mes de Agosto, mes de vientos por excelencia, da gusto sentarse fuera de la casa y deleitarse con el silbido del viento cuando pasa por entre las ramas de los eucaliptos. También es musical el sonido de la lluvia filtrándose entre ellas, en días de aguacero.
Creo que eso es lo que más me gusta en realidad: el canto de las hojas cuando las sacude el viento o cuando ellas se agitan bajo el peso de las gotas de lluvia.
Tenemos pinos allí, aromáticos, verdes, frondosos y cada que paso por su lado los pellizco solo para que los dedos me queden oliendo a lo que olía la loción para después del afeitado que usaba mi papá cuando yo era muy niña.
Elvira
(otro post que migra desde un blog colombo-español)


















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